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dOlor Y SomBrAs

hay algo curioso en el dolor: nadie quiere sentirlo, pero el dolor siempre trae un mensaje.

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En la vida, en la mía propia y en la de las personas que que acompaño, cuando el dolor emerge, la primera reacción casi siempre es la huida: apartarlo, distraernos, correr en otra dirección. Disociarnos.

El impulso de escapar antes de sentir, como si mirar de frente pudiera desbordarnos

Sin embargo, el dolor no funciona así. El dolor no empuja hacia fuera. Más bien nos llama hacia dentro.

Es como si algo en nosotros dijera: detente un momento, mira aquí.

El cuerpo lo sabe muy bien. Si te quemas una mano, no necesitas reflexionar demasiado, apartas la mano de inmediato.

El cuerpo se protege, se recoge y empieza un proceso silencioso de reparación.

Primero detener el daño. Alejándonos de la fuente que lo ocasiona, en este caso el fuego. 

Después cuidar la herida.

La vida emocional funciona de una manera muy parecida.

Cuando algo nos hiere por dentro, también aparece ese movimiento natural de recogimiento. Necesitamos parar, sentir, entender qué ha pasado. Es una especie de repliegue necesario para que algo pueda recomponerse. Alejarnos de la fuente que nos produce el daño: Madre, padre, pareja, amigo/a, redes sociales… No para romper definitivamente, sino para cuidarnos. Alejarnos un poco nos permite recuperar claridad y fuerza.

El problema es que muchas veces no hacemos eso.

Seguimos adelante como si nada, tapamos la herida, nos distraemos, nos endurecemos.

Pero oh, sorpresa, el dolor no desaparece. Solo queda suspendido dentro de nosotros, esperando a ser atendido.

Hasta que un día vuelve.

Y cuando vuelve, lo hace de una forma muy desconcertante: aparece en situaciones que nos resultan extrañamente familiares. Otra discusión parecida. Otra decepción que recuerda a la anterior. Otra vez ese mismo nudo en el pecho.

¿ Cómo es posible que esté otra vez aquí ?

Pensábamos que ya habíamos aprendido, que aquello ya estaba superado, que la vida había pasado página.

Pero la vida tiene una forma bastante directa de enseñarnos. Si algo no ha sido visto del todo, vuelve a aparecer. No para castigarnos, sino para mostrarnos algo que todavía no hemos terminado de comprender.

Pensamos que sabemos más que la vida…

Muchas veces lo que se repite no es la situación… sino nuestra forma de mirarla. Nuestro viejo mecanismo de defensa, construido hace años para sobrevivir a momentos que fueron demasiado difíciles.

Ese mecanismo fue útil una vez.

Pero con el tiempo puede convertirse en una especie de piloto automático que nos lleva siempre al mismo lugar.

Y ahí es donde, tarde o temprano, muchas personas atraviesan el valle de las sombras.

Necesitamos contactar con nuestra propia carencia, nuestra falta de amor hacia nosotros mismos, y dejar de proyectarlo en el otro. 

Y aparece la noche oscura del alma. Ese paisaje interior que aparece en ciertos momentos de nuestra vida, especialmente cuando atravesamos un duelo o una pérdida. Un tramo del camino en el que algo dentro de nosotros se queda sin respuestas y el alma se ve obligada a caminar a tientas, sin la seguridad que antes tenía.

Desde fuera, todo esto puede sonar profundo, incluso bonito cuando se pone en palabras. Pero cuando uno está ahí dentro, la experiencia es muy distinta.

 

Atravesar el camino del dolor, te lleva al camino del amor. Van juntos. 

Y el camino del amor, te lleva al Ser Esencial, a ser tú mismo, tú misma, con lo que eres y no con lo que tienes. 

Hay momentos en los que las sombras regresan con una intensidad difícil de sostener. Momentos en los que el dolor aprieta, en los que uno se siente desorientado, sin referencias, como si hubiera perdido el mapa.

Y entonces aparece esa sensación tan humana y tan frustrante de descubrir que, a pesar de todo lo recorrido, uno vuelve a encontrarse frente a la misma piedra. Y algo dentro de nosotros nos dice: “ya no puedo más”. Me rindo a la destrucción para poder respirar. Un impulso que nace del agotamiento
más que de la claridad.

La piedra en el camino, aparece una vez más, para mirar de frente aquello que todavía no hemos terminado de sanar.

Y aunque en ese momento parezca lo contrario, ese suele ser el punto exacto donde algo empieza a cambiar.

Porque cuando finalmente podemos mirar nuestras sombras sin apartar la vista, sentir el sufrimiento, dejan de ser un enemigo.

Si necesitas acompañamiento, en este viaje, contáctame. 

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CÓDIGO: RAQUELGONZALEZ

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